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Decenario al Espíritu Santo: día sexto

Decenario al espíritu santo-día 6Acto de contrición

¡Oh Santo y Divino Espíritu!, bondad suma y caridad ardiente; que desde toda la eternidad deseabas anhelantemente el que existieran seres a quienes Tú pudieras comunicar tus felicidades y hermosuras, tus riquezas y tus glorias.

Ya lograste con el poder infinito que como Dios tienes, el criar estos seres para Ti tan deseados.

¿Y cómo te han correspondido estas tus criaturas, a quienes tu infinita bondad tanto quiso engrandecer, ensalzar y enriquecer?
¡Oh único bien mío! Cuando por un momento abro mis oídos a escuchar a los mortales, al punto vuelvo a cerrarlos, para no oír los clamores que contra Ti lanzan tus criaturas: es un desahogo infernal que Satanás tiene contra Ti, y no es causa por lograr el que los hombres Te odien y blasfemen, y dejen de alabarte y bendecirte, para con ello impedir el que se logre el fin para que fuimos criados.

¡Oh bondad infinita!, que no nos necesitáis para nada porque en Ti lo tienes todo: Tú eres la fuente y el manantial de toda dicha y ventura, de toda felicidad y grandeza, de toda riqueza y hermosura, de todo poder y gloria; y nosotros, tus criaturas, no somos ni podemos ser más de lo que Tú has querido hacernos; ni podemos tener más de lo que Tú quieras darnos.

Tú eres, por esencia, la suma grandeza, y nosotros, pobres criaturas, tenemos por esencia la misma nada.

Si Tú, Dios nuestro, nos dejaras, al punto moriríamos, porque no podemos tener vida sino en Ti.

¡Oh grandeza suma!, y que siendo quien eres ¡nos ames tanto como nos amas y que seas correspondido con tanta ingratitud!

¡Oh quien me diera que de pena, de sentimiento y de dolor se me partiera el corazón en mil pedazos! ¡O que de un encendido amor que Te tuviera, exhalara mi corazón el último suspiro para que el amor que Te tuviera fuera la única causa de mi muerte!

Dame, Señor, este amor, que deseo tener y no tengo. Os le pido por quien sois, Dios infinito en bondades.

Dame también tu gracia y tu luz divina para con ella conocerte a Ti y conocerme a mí y conociéndome Te sirva y Te ame hasta el último instante de mi vida y continúe después amándote por los siglos sin fin. Amén.

 

Oración para todos los días

Señor mío, único Dios verdadero, que tienes toda la alabanza, honra y gloria que como Dios te mereces en tus Tres Divinas Personas; que ninguna de ellas tuvo principio ni existió una después que la otra, porque las Tres son la sola Esencia Divina: que las tiene propiamente en sí tu naturaleza y son las que a tu grandeza y señoría Te dan la honra, la gloria, el honor, la alabanza, que como Dios Te mereces, porque fuera de Ti no hay honra ni gloria digna de Ti.

¡Grandeza suma! Dime, ¿por qué permites que no sean conocidas igualmente de tus fieles las Tres Divinas Personas que en Ti existen?

Es conocida la persona del Padre; es conocida la Persona del Hijo; sólo es desconocida la tercera Persona, que es el Espíritu Santo.

¡Oh Divina Esencia! Nos diste quien nos criara y redimiera y lo hiciste sin tasa y sin medida. Danos con esta abundancia quien nos santifique y a Ti nos lleve.

Danos tu Divino Espíritu que concluya la obra que empezó el Padre y continuó el Hijo. Pues el destinado por Ti para concluirla y rematarla es tu Santo y Divino Espíritu.

Envíale nuevamente al mundo, que el mundo no le conoce, y sin El bien sabéis Vos, mi Dios y mi todo, que no podemos lograr tu posesión; poseer por amar en esta vida y en posesión verdadera por toda la eternidad.

Así sea.

VER OTRAS ORACIONES AL ESPÍRITU SANTO

 

Consideración

Camino por donde se adquiere la verdadera santidad: no es otro, ni le hay, que con más seguridad nos lleve y con que más pronto la santidad se consiga, que con el propio vencimiento y la propia mortificación; difícil cosa para nosotros, pero es muy fácil por la granade ayuda que tenemos en el Espíritu Santo.

¡Oh si todas las almas que aspiran a la santidad y que con delirio la desean, se convencieran de esta verdad; pronto, muy pronto, conseguirían lo que desean, porque es una pena, al menos a mí me la causa, ver tantas almas aspirar a la santidad y no hallan el medio de conseguir lo que desean!

Ellas meditan y oran mental y vocalmente, ellas ayunan y hacen grandes penitencias, ellas visitan a los enfermos y socorren a los menesterosos, se compadecen de todo el que sufre, comulgan con fervor, oyen la Santa Misa con devoción, se confiesan con verdadero dolor de sus faltas, no digo de pecados, porque todos los que esto hacen, por la infinita misericordia de Dios no los cometen; no digo que estén libres de cometerlos, pero por la infinita misericordia de Dios no los comenten.

Y ¿cómo es que llevando esta vida no logran la santificación de sus almas? Es porque les falta poner por obra lo principal que hay que practicar para conseguir la santidad.

La santidad se adquiere muriendo uno a sí mismo en todo, y esta muerte se adquiere con la mortificación de las pasiones, de los sentidos y de los apetitos, esto en lo que toca al cuerpo; y en lo que toca al alma, haciendo porque muera la propia voluntad, el juicio propio y la vanidad y todos los apetitos del alma.

Conseguido el vencimiento de todo esto, es cierto, ciertísimo, que llega esta alma a lograr la santificación. Difícil cosa de conseguir, ¿a qué negarlo?

Si la miramos por la parte que toca a nosotros, ¡oh qué difícil es adquirir la santidad!; mas si miramos a la parte que Dios tiene en la santificación de nuestras almas, ¡qué fácil cosa es alcanzarla!

Mirad qué difícil cosa hubiera sido a cada uno de nosotros salir de nuestra niñez natural sólo por nosotros mismos; pues esto mismo, tan difícil de lograr en lo que toca a nosotros, nos ha sido cosa fácil de salir de ella a la sombra y amparo de una madre que Dios nos dio, que nos cuidó y nunca nos dejó de amparar, hasta que con sus cuidados y desvelos hemos logrado llegar a nuestro completo desarrollo.

Pues esto que hemos logrado en la vida natural con los desvelos de una madre, en la vida espiritual lo logramos con el esmero con que nos enseña, instruye, aconseja y gobierna y nos defiende de todos los asaltos de nuestros enemigos el Espíritu Santo.
Sin Él ni tenemos nada ni podemos nada; con Él lo tenemos todo y lo podemos todo.

Él nos da todo el armamento que necesitamos y nos enseña la más hermosa y bella instrucción, donde se aprende el manejo de las armas para, con el manejo de ellas, salgamos siempre vencedores, nunca vencidos, en los grandes combates que hemos de tener con nosotros mismos, los mayores; después, con los amigos y parientes, y toda esta presente vida con Satanás, nuestro común enemigo, porque tan pronto como os resolváis a emprender el camino que conduce a la verdadera santidad, es Satanás el que se presenta a la pelea, no fía en sus satélites.

Antes de emprender este camino sí fía en ellos, y bien desempeñan el oficio de diablos; pero a los que van camino de la santidad no fía en ninguno, de todos desconfía; él por sí mismo pelea, aunque de nada le vale.

Porque este Santo y Divino Espíritu nos hace entrar en un tan fuerte castillo y allí, retirados del mundo, desconocidos de los amigos y parientes, y hasta de nosotros mismos, luchamos y vencemos y no nos damos apenas cuenta de lo que allí hacemos, porque aquí el manejo de armas se hace con tal silencio, en tal reposo y quietud, que ni el mismo que lucha y vence se da cuenta que está luchando y venciendo; y hay luchas y derrotas brazo a brazo con Satanás, pero eso es más tarde.

Ahora, a los principios, a amaestrarnos dentro de este hermoso castillo, donde Satanás no sabe ni puede saber nada de nosotros, porque tan pronto como él entiende que una alma emprende el camino que conduce a la santidad, ya no la deja; la estudia detenidamente todas sus aspiraciones, sus inclinaciones, sus deseos, sus costumbres, sus amistades, hasta sus devociones, todo, todo, con el fin único de seducirnos, engañarnos, sin tener en ello otro fin que llevarnos a la hipocresía y fingimiento.

Porque a las almas que van camino de la santidad no las excitan las pasiones; a los principios, sí; los apetitos son los que excita desde que uno empieza la vida interior hasta que venga la muerte; siempre tiene esperanzas de vencernos por aquí y engañarnos y seducirnos con lo más santo, con lo mejor que hay.

Con la gracia, con las virtudes, con la misma santidad que deseamos; por aquí nos entra.

¡Oh, si no fuera por el Espíritu Santo pronto nos derrotaba y vencía!

Pero este Santo y Divino Espíritu con sus enseñanzas, consejos e instrucciones, nos pone tan al corriente de todas sus solaperías y astucias, que cuando él viene a la lucha ya sabemos lo que busca, lo que pretende y todo cuanto él piensa hacer de nosotros.

¡Oh lo que es el Espíritu Santo para nosotros en lo que se refiere a lograr la santificación de nuestra alma!

¡Oh qué bien sabía Jesucristo la necesidad que todos y para todo habíamos de tener del Espíritu Santo!

Por eso, cuando le seguían sus apóstoles y discípulos y les hablaba por medio de parábolas y ejemplos, con aquel trato familiar que con ellos tenía y no podía hacerles entender las cosas, ni había medio de hacerles salir de su ignorancia y rudeza, decía: ¡Oh qué deseo tengo de ser bautizado con un bautismo de sangre!

Porque ardía su corazón en deseos de alcanzarnos cuanto antes el Espíritu Santo.

Tenía como en reserva, guardado en su corazón, el pedir al Eterno Padre este don, sobre todo don, y esperaba a que estuviera pendiente en la Cruz para pedirle.

Porque la sabiduría del Divino Verbo era la que impulsaba a aquel corazón amante a desear para nosotros y la que gobernaba y dirigía a esta Humanidad Santísima; porque estas dos naturalezas, unidas como estaban, cuando hablaba Jesucristo, hablaba el Divino Verbo, sabía lo que pedía y cuándo y cómo lo había de pedir para alcanzarlo.

Bien sabía el Divino Verbo, sabiduría infinita, que sin el Espíritu Santo de poco nos valiera que el Padre nos criara y que Él, habiéndose hecho hombre, nos redimiera; sin el Espíritu Santo no podíamos llegar a conseguir el fin para el que habíamos sido creados y redimidos, porque sin el Espíritu Santo no podemos conocer a Jesucristo, y menos amarlo.

Y así como no podemos ir a gozar de aquella Divina Esencia, si no es por Jesucristo, tampoco podemos ir a Jesucristo, si no es por el Espíritu Santo.

¡Oh qué deseo ardía en aquel Corazón Divino de Jesucristo de darnos el Espíritu Santo!

Para convencer a los apóstoles y discípulos de la necesidad de dejarles, no halló otra razón más poderosa que decirles: “Conviene que me vaya; porque mientras yo no suba a mi Padre no os ha de enviar al Espíritu Santo”.

¡Oh corazón Divino! ¡Cuánto sufriste los tres años de tu vida pública, viendo que desconocían los hombres de la tierra la verdad y no había medio de hacerles entender las cosas según verdad ni medio de hacerte entender ellos!

¡Oh lo que es el Espíritu Santo! ¡Oh y qué no hiciste para alcanzárnosle! ¿Y por cuánto hubiste de pasar hasta que lo conseguiste? ¡Oh Santo y Divino Espíritu! Con sobrada razón enamoras con tus enseñanzas e instrucciones a todos los discípulos de tu escuela para que todos amen con delirio a este Corazón Divino que nos amó treinta y tres años con amor sacrificado. Señal la más cierta del amor puro con que siempre nos amó.

Tus exhortaciones siempre son a que amemos aquel Corazón herido por amor nuestro, que no busca ni quiere sino nuestro amor; y que, sediento, nada le refrigera sino el amor; nada pide, sino amor; no vive, si no ama, y muere por ser amado.

¡Oh Santo y Divino Espíritu! Aumenta el número de almas interiores que vengan a tu escuela y en ella aprendan a amar a este Corazón Divino que tanto nos ama.

Y mirad que este Corazón que así nos ama es el corazón de un Dios que para nada nos necesita; somos nosotros los que Le necesitamos.

¡Oh almas interiores! Todas unidas hagámosle ramilletes de mirra escogida y presentémosles a este Corazón angustiado por la falta de amor que Le tienen los hombres, y digámosle que con amor sacrificado siempre Le hemos de amar, y que sólo anhelamos y pedimos el que nos sea su amor la única causa de nuestra muerte. Así sea.

 

Letanía del Espíritu Santo

Señor. Tened piedad de nosotros.
Jesucristo. Tened piedad de nosotros
Señor. Tened piedad de nosotros.
De todo regalo y comodidad. Libradnos Espíritu Santo.
De querer buscar o desear algo que no seáis Vos. Libradnos Espíritu Santo.
De todo lo que te desagrade. Libradnos Espíritu Santo.
De todo pecado e imperfección y de todo mal. Libradnos Espíritu Santo.
Padre amantísimo. Perdónanos.
Divino Verbo. Ten misericordia de nosotros.
Santo y Divino Espíritu. No nos dejes hasta ponernos en la posesión de la Divina Esencia, Cielo de los cielos.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Enviadnos al divino Consolador.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo. Llenadnos de los dones de vuestro espíritu.
Cordero de Dios, que borráis los pecados del mundo, haced que crezcan en nosotros los frutos del Espíritu Santo.
Ven, ¡oh Santo Espíritu!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarán la faz de la tierra.
Oremos: Oh Dios, que habéis instruido los corazones de los fieles con la luz del Espíritu Santo, concedednos, según el mismo Espíritu, conocer las cosas rectas y gozar siempre de sus divinos consuelos. Por Jesucristo, Señor nuestro. Así sea.

 

Obsequio al Espíritu Santo para este día sexto

Poner por obra los medios de nuestra santificación.

El obsequio que hemos de hacer este día al Espíritu Santo es poner por obra y con resolución verdadera los medios de lograr nuestra Santificación.

¿Cuáles son? Ya lo sabemos: el propio vencimiento y la propia mortificación.

Difícil de practicar; pero si os resolvéis a entrar de lleno en la vida interior, allí, en la escuela, donde tenemos por Maestro al Espíritu Santo, con Él, ¡oh qué fácil es todo!

Porque apenas nos ve cobardes, Él arenga al alma de una manera tal que el oírle es encenderse el alma en deseos de emprender aún lo más difícil y con ánimo varonil entra en batalla consigo mismo y con aquel valor con que lucha, negando a sus apetitos lo que piden, sale vencedor en todo.

Y mirad el premio que le dan por haber luchado y vencido a todos sus apetitos y de todos ellos salir vencedor; dan a todos los que así luchan y vencen un premio regalado, no merecido; porque este premio, que es un don de Dios, jamás el alma podía ponerse en condiciones de merecerle.

Pero es tal el contento que Le damos cuando así luchamos y vencemos, que por premio nos dan la grande ayuda para luchar y vencer y con ella queda siempre Satanás vencido y derrotado, y este premio que nos dan y este don que nos regalan es un modo de orar sin interrupción, que no impide tenerle, ni el sueño, ni el sueño, ni el recreo, ni el hablar con nuestros prójimos, ni el comer, ni el trabajar, sea cual fuere nuestra ocupación, con cosa alguna es interrumpida, y con ella se adquiere el trato familiar que Dios con el alma tiene.

Mirad si queda nuestro trabajo bien pagado con lo que nosotros jamás podemos merecer y tan gratuitamente nos lo dan.
En esta escuela del Espíritu Santo se llama a esta oración el latir del corazón divino, por ser la ocupación continua de este corazón amante.

Con ella glorificaba a Dios su Padre continuamente, empleando su oración en la salvación de todo el género humano.

Pues trabajemos con nosotros mismos hasta darnos completa derrota, para que nos sea regalado este don.

Y una vez que nos le den, sea también el latir de nuestro corazón la salvación de toda la raza humana, y entre nuestro Dueño y Señor en amistad con nosotros y jamás la perdamos; y habiendo empezado en esta vida, dure por los siglos sin fin. Así sea.

 

Oración final para todos los días

Santo y Divino Espíritu, que por Ti fuimos criados y sin otro fin que el de gozar por los siglos sin fin de la dicha de Dios y gozar de Él, con Él, de sus hermosuras y glorias.

¡Mira, Divino Espíritu, que habiendo sido llamado por Ti todo el género humano a gozar de esta dicha, es muy corto el número de los que viven con las disposiciones que Tú exiges para adquirirla!

¡Mira, Santidad suma! ¡Bondad y caridad infinita, que no es tanto por malicia como por ignorancia! ¡Mira que no Te conocen! ¡Si Te conocieran no lo harían! ¡Están tan oscurecidas hoy las inteligencias que no pueden conocer la verdad de tu existencia!

¡Ven, Santo y Divino Espíritu! Ven; desciende a la tierra e ilumina las inteligencias de todos los hombres.

Yo te aseguro, Señor, que con la claridad y hermosura de tu luz, muchas inteligencias Te han de conocer, servir y amar.
¡Señor, que a la claridad de tu luz y a la herida de tu amor nadie puede resistir ni vacilar!

Recuerda, Señor, lo ocurrido en aquel hombre tan famoso de Damasco, al principio que estableciste tu Iglesia. ¡Mira cómo odiaba y perseguía de muerte a los primeros cristianos!

¡Recuerda, Señor, con qué furia salió con su caballo, a quien también puso furioso y precipitadamente corría en busca de los cristianos para pasar a cuchillo a cuantos hallaba!

¡Mira, Señor!, mira lo que fue; a pesar del intento que llevaba, le iluminaste con tu luz su oscura y ciega inteligencia, le heriste con la llama de tu amor y al punto Te conoce; le dices quién eres, Te sigue, Te ama y no has tenido, ni entre tus apóstoles, defensor más acérrimo de tu Persona, de tu honra, de tu gloria, de tu nombre, de tu Iglesia y de todo lo que a Ti, Dios nuestro, se refería.

Hizo por Ti cuanto pudo y dio la vida por Ti; mira, Señor, lo que vino a hacer por Ti apenas Te conoció el que, cuando no Te conocía, era de tus mayores perseguidores. ¡Señor, da y espera!

¡Mira, Señor, que no es fácil cosa el resistir a tu luz, ni a tu herida, cuando con amor hieres!

Pues ven y si a la claridad de tu luz no logran las inteligencias el conocerte, ven como fuego que eres y prende en todos los corazones que existen hoy sobre la tierra.

¡Señor, yo Te juro por quien eres que si esto haces ninguno resistirá al ímpetu de tu amor!

¡Es verdad, Señor, que las piedras son como insensibles al fuego! ¡Pena grande, pero se derrite el bronce!

¡Mira, Señor, que las piedras son pocas, porque es muy pequeño el número de los que, después de conocerte, Te han abandonado! ¡La mayoría, que es inmensa, nunca Te han conocido!

Pon en todos estos corazones la llama divina de tu amor y verás cómo Te dicen lo que Te dijo aquel tu perseguidor de Damasco: “Señor, ¿qué quieres que haga?”

¡Oh Maestro divino! ¡Oh consolador único de los corazones que Te aman!

¡Mira hoy a todos los que Te sirven con la grande pena de no verte amado porque no eres conocido!

¡Ven a consolarlos, consolador divino!, que olvidados de sí, ni quieren, ni piden, ni claman, ni desean cosa alguna sino a Ti, y a Ti como luz y como fuego para que incendies la tierra de un confín a otro confín, para tener el consuelo en esta vida de verte conocido, amado, servido de todas tus criaturas, para que en todos se cumplan tus amorosos designios y todos los que ahora existimos en la tierra, y los que han de existir hasta el fin del mundo, todos te alabemos y bendigamos en tu divina presencia por los siglos sin fin. Así sea.

Fuente: dudasytextos.com

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