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Aquel Francisco, el nuevo libro del Papa

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La vida del Papa Francisco no ha sido fácil. Es un hombre forjado a fuego con el paso del tiempo, el fuego del dolor, de la falta de justicia fraterna, de la soledad, del exilio. Durante algunos años sus propios compañeros jesuitas le apartaron tildándole como “un loco, poco más que un enfermo”. Bergoglio fue un sacerdote brillante caído en desgracia. Y los rumores de su locura atravesaron los muros de los superiores de la Compañía de Jesús en Argentina y Sudamérica para llegar incluso a la Casa Generalicia de la orden en Roma.

Así fue como lo exiliaron a la ciudad argentina de Córdoba. La murmuración, las habladurías, los chismes, se convirtieron en un vehículo eficiente de una leyenda negra que se construía sobre su persona. Sin embargo, aquel fue también un tiempo de purificación cuyos detalles inéditos ven ahora la luz gracias a un libro, “Aquel Francisco”.

Javier Cámara y Sebastián Pfaffen han querido realizar una exhaustiva investigación acerca del ostracismo al que fue condenado el Papa Francisco en la década de los noventa. Y entre otras aportaciones cuentan con la del propio pontífice, con el que han mantenido innumerables conversaciones telefónicas.

La investigación periodística responde con la ayuda de fuentes de primera mano a múltiples preguntas que estaban abiertas sobre el pasado del Papa como, por ejemplo, por qué fue elegido como obispo auxiliar de Buenos Aires, por qué en torno a él se generan constantemente grupos de “bergoglianos” y “antibergoglianos”, cuál ha sido su relación con la política argentina, el peronismo, el comunismo, Eva y Domingo Perón.

Lo de ‘noche oscura’ no lo usaría para mí; no es para tanto. La ‘noche oscura’ es para los santos. Yo soy un pobre tipo. Fue un tiempo de purificación interior”, dijo Francisco cuando los periodistas le preguntaron si aquellos años de exilio cordobés él los consideraba como una “noche oscura”.

Fueron en cualquier caso años solitarios, reflexivos y difíciles para Bergoglio. Tras una meteórica “carrera” eclesiástica que lo había llevado a ser maestro de novicios apenas ordenado sacerdote, a dirigir la provincia argentina de la Compañía con sólo 36 años, y luego a conducir como rector el Colegio Máximo de los jesuitas en San Miguel, de repente fue despojado de toda responsabilidad y enviado a 700 kilómetros de Buenos Aires.

Su habitación en la Residencia Mayor de la Compañía de Jesús de Córdoba no superaba los 12 metros cuadrados y su única misión era confesar o dirigir espiritualmente a los fieles que pasaran por allí. Ni siquiera tenía asignado un horario de misa en templo central.

El libro, “Aquel Francisco”, no sólo refleja las dificultades de ese “tiempo de oscuridad y de sombras”, sino que ofrece una hipótesis consolidada sobre los responsables y las razones de ese exilio forzado.” Se dice que el entonces padre Bergoglio fue mandado a Córdoba “castigado” por la nueva conducción de la Provincia Argentina de la Compañía de Jesús, que por entonces ejercía el padre Víctor Zorzín como provincial. Todo hace pensar que Zorzín, quien había sido “socio”, es decir viceprovincial de Bergoglio, no había estado de acuerdo con varias de las decisiones que el padre Jorge había tomado, tanto en asuntos de pastoral como de gobierno”.

Agrega que, conforme a varias conversaciones de los autores con diversos miembros de la Compañía, durante las gestiones de los provinciales Zorzín (1986-1991) e Ignacio García-Mata (1991-1997) se tendió sobre Bergoglio y sobre su línea y estilo de formación, “una campaña de desprestigio que superó incluso los límites de la provincia Argentina hasta llegar a las conducciones jesuitas de otros países de Sudamérica y hasta la propia Casa Generalicia de Roma”.

Como ejemplo cita una anécdota contada por el padre Ángel Rossi, hijo espiritual de Bergoglio, que refleja el grado de saña que padeció el actual pontífice: “Gente allegada a la casa se ocupó de difundir el comentario, nacido de fuentes jesuitas ,que decía que aquel hombre que había sido provincial de la Compañía siendo tan joven, tan brillante, había ido a parar a Córdoba porque era un enfermo, un loco. En el velorio de mi madre se me acercó un referente laico muy cercano a la residencia quien, señalando a Bergoglio que rezaba junto al cajón, me dijo: ‘¡Qué lástima que este hombre esté loco!’. Entonces yo lo miré y le dije: ‘Si este hombre está loco, ¿qué queda para mi?’”

A este Papa loco aún hoy le crecen enemigos alrededor, enemigos que murmuran, que usan la palabra como arma arrojadiza sin importar la fidelidad a la verdad que todo lenguaje debería respetar. La reforma de la Curia Romana que está llevando a cabo Francisco genera revuelo constante. Se trata de una guerra de “baja intensidad” que tiene lugar en diversos dicasterios de la Santa Sede. Uno de ellos es la Congregación para el Clero. Su anterior titular, el cardenal Mauro Piacenza, fue uno de los primeros en salir al inicio del actual pontificado. Lejos de haberlo descabezado sin honores, el Papa Francisco preparó para él una salida más que digna: lo designó Penitenciario Mayor y lo dejó en la misma Curia Romana. En su lugar nombró a uno de sus hombres de confianza, al cual hizo después cardenal: Beneamino Stella.

Andrés Beltrano, reputado vaticanista, cuenta en su blog, Sacroyprofano, que para algunos la salida de Piacenza fue una “afrenta” contra Benedicto XVI. Nada más lejos de la realidad. Bergoglio tuvo sus razones para aquel movimiento forzado. Lo que resulta interesante es cómo cambió esa Congregación en poco más de un año. Más de la mitad de los oficiales que trabajaban en ella fueron enviados de nuevo a sus diócesis y sus puestos ocupados por otros sacerdotes. Evidentemente la mayoría de ellos no gozaba de la confianza de Stella, que tiene un estilo muy distinto a Piacenza, más propenso a las lealtades de hierro.

A esto se debe sumar la llegada, bajo la dependencia del Clero, de la oficina para los Seminarios que es dirigida por el obispo mexicano Jorge Carlos Patrón Wong. Esa modificación estructural fue ideada y puesta en práctica por Ratzinger, pero se concretó en el nuevo pontificado. De hecho, el nombramiento de Patrón dependió ya de Francisco. Ese movimiento ayudó a reforzar la idea de un cambio más que radical en una Congregación clave. Claro, con sus naturales consecuencias. La mayoría de los que estaba en Roma no quedó conforme con la vuelta forzada a sus pagos. Y el destinatario de esos malhumores, no podría ser otro sino el mismo Papa.

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