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A la luz de la fe (Lumen Fidei)

Enciclica Lumen Fidei_Papa Francisco y Benedicto XVI

Tan sólo cuatro meses después de ser elegido Papa, Francisco que ya había anunciado que daría continuidad a la pastoral iniciada por Ratzinger, estampa su firma en la primera encíclica de su pontificado: Lumen Fidei (La Luz de la Fe) que completa el cuadro de las virtudes teologales que Benedicto XVI había dejado casi terminado con las anteriores encíclicas, Deus caritas est, en 2005 sobre la caridad, y Spe salvi, en 2007 sobre la esperanza cristiana.

Esta carta dirigida al Pueblo de Dios fue escrita casi en su totalidad por el Papa emérito Benedicto XVI, de ahí su notable profundidad teológica, si bien la pluma de Francisco se intuye claramente en el corazón del libreto, huele a Bergoglio.

El texto comienza con una pequeña introducción en la que se justifica la importancia de la luz de la fe para la vida de los hombres: “…enriquece la existencia humana en todas sus dimensiones”. El Pontífice aprovecha estas primeras líneas para agradecer de corazón el trabajo del Papa emérito, Benedicto XVI: “…asumo su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones.” Y termina la introducción planteando las cuestiones que procura resolver en estas 88 páginas de reflexión: “¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?”

Con el ánimo de facilitar la difusión de su contenido hemos realizado un breve resumen con las citas más destacadas y confiamos en que se sea de utilidad para meditar y compartir.

Resumen de la Encíclica Lumen Fidei:

Comienza la encíclica con el capitulo, “Hemos creído en el amor”, en el que defiende la palabra de Dios como verdadero sostenimiento de la fe y presenta a Jesucristo como testigo fiable, que da la vida por nosotros, y nos revela a Dios como Padre.

“Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer[...]La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver [...] La fe en Cristo nos salva porque en él la vida se abre radicalmente a un Amor que nos precede y nos transforma desde dentro, que obra en nosotros y con nosotros [...] El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo [...] Quien ha sido transformado de este modo adquiere una nueva forma de ver, la fe se convierte en luz para sus ojos”

Aunque la fe no es solo conocimiento sino también “un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro en­tre Dios y los hombres…

El Papa Francisco termina el capitulo inicial remarcando el carácter eclesial de la Fe, pues sin la Iglesia “la fe pierde su medida, ya no encuentra su equilibrio, el espacio necesario para sostenerse”.

 “los creyentes forman un solo cuerpo en Cristo [...] Y como Cristo abraza en sí a todos los creyentes, que forman su cuerpo, el cristiano se comprende a sí mismo dentro de este cuerpo, en relación originaria con Cristo y con los hermanos en la fe [...] La fe se hace entonces operante en el cristiano a partir del don recibido, del Amor que atrae hacia Cristo (cf. Ga 5,6), y le hace partícipe del camino de la Iglesia, peregrina en la historia hasta su cumplimiento.”

El segundo capítulo, “Si no creéis, no comprenderéis”, habla de la relación entre la fe, la verdad, el amor y la razón. Así como la fe se funda en el amor, el amor tiene necesidad de la verdad. El Papa Francisco nos anima, en este capítulo, a huir del relativismo en el que hemos instalado a la verdad en nuestro mundo contemporáneo, e identifica “el ver” y “el escuchar” como órganos de conocimiento de la fe.

 “La fe, sin verdad, no salva, no da seguridad a nuestros pasos. Se queda en una bella fábula, proyección de nuestros deseos de felicidad, algo que nos sa­tisface únicamente en la medida en que quera­mos hacernos una ilusión [...] La comprensión de la fe es la que nace cuando recibimos el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da ojos nuevos para ver la realidad [...] Sólo en cuanto está funda­do en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y per­manecer firme para dar consistencia a un camino en común [...] La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia [...] La luz del amor, propia de la fe, puede ilu­minar los interrogantes de nuestro tiempo en cuanto a la verdad [...] la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos [...] la fe ensancha los horizontes de la razón para iluminar mejor el mundo que se presenta a los estudios de la ciencia [...] La fe recta orienta la razón a abrirse a la luz que viene de Dios, para que, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más profundamente ”

Y finaliza el segundo capitulo destacando que la fe ilumina el camino de todas las personas que buscan a Dios y la importancia de que la teología sirva a la fe, pues sin ella no tiene objeto su existencia.

El tercer capítulo, “Transmito lo que he recibido”, se centra en la importancia de la evangelización y del papel de la Iglesia en esta misión que, como Madre, nos enseña a hablar el lenguaje de la fe. Señala los sacramentos como el vehículo propio de transmisión de la memoria de la Iglesia. Y nos recuerda que la oración y el camino de los diez mandamiento nos permiten compartir la experiencia espiritual de Cristo y agradecer el amor de Dios.

“Quien se ha abierto al amor de Dios, ha escuchado su voz y ha recibido su luz, no pue­de retener este don para sí [...] igual que en la liturgia pascual la luz del cirio enciende otras muchas velas. La fe se transmite, por así decirlo, por contacto, de per­sona a persona, como una llama enciende otra llama. [...] La Iglesia, como toda familia, transmite a sus hijos el contenido de su memoria [...] La transmisión de la fe se realiza en primer lugar mediante el bautismo [...] La fe se vive dentro de la comunidad de la Iglesia, se inscribe en un « nosotros » comu­nitario. Así, el niño es sostenido por otros, por sus padres y padrinos, y es acogido en la fe de ellos, que es la fe de la Iglesia [...] La naturaleza sacramental de la fe alcanza su máxima expresión en la eucaristía [...] En la celebración de los sacramentos, la Iglesia transmite su memoria, en particular me­diante la profesión de fe. [...] Quien confiesa la fe, se ve implicado en la verdad que confiesa. No puede pronunciar con verdad las palabras del Credo sin ser transformado”

Pone punto y final a este capítulo subrayando la unidad de la Fe

“la fe es una porque es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo espíritu [...] Confesando la misma fe, nos apoyamos sobre la misma roca”

Y en el cuarto y último capítulo, “Dios prepara una ciudad para ellos”, se destaca el sentido social de la fe y la presenta como un bien común que no es ajeno a las necesidades de nuestro tiempo sino que articula nuestra unión: “la luz del rostro de Dios me ilumina a través del rostro del hermano”

“la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios [...] La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo. Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres [...] El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia [...] el hombre descubre que Dios quie­re hacer partícipes a todos, como hermanos, de la única bendición, que encuentra su plenitud en Jesús, para que todos sean uno [...] la autoridad viene de Dios para estar al servicio del bien común [...] La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo.”

Concluye la primera carta encíclica del pontificado de Francisco con un apartado, “Bienaventurada la que ha creído”, que dedica a la figura de nuestra madre la Virgen María en el camino de la fe:

 “En su vida, María ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo  [---] María está íntimamente asociada, por su unión con Cristo, a lo que cree­mos [...]  la verdadera maternidad de María ha asegurado para el Hijo de Dios una verdade­ra historia humana, una verdadera carne, en la que morirá en la cruz y resucitará de los muertos. María lo acompañará hasta la cruz (cf. Jn 19,25), desde donde su maternidad se extenderá a todos los discípulos de su Hijo (cf. Jn 19,26-27).”

Antes de estampar su firma Francisco dirige una oración a María, Madre de la Iglesia y de nuestra fe:

¡Madre, ayuda nuestra fe!

Abre nuestro oído a la Palabra, para que reconozcamos la voz de Dios y su llamada.

Aviva en nosotros el deseo de seguir sus pasos, saliendo de nuestra tierra y confiando en su promesa.

Ayúdanos a dejarnos tocar por su amor, para que podamos tocarlo en la fe.

Ayúdanos a fiarnos plenamente de él, a creer en su amor, sobre todo en los momentos de tribulación y de cruz, cuando nuestra fe es llamada a crecer y a madurar.

Siembra en nuestra fe la alegría del Resucitado.

Recuérdenos que quien cree no está nunca solo.

Enséñanos a mirar con los ojos de Jesús, para que él sea luz en nuestro camino.

Y que esta luz de la fe crezca continuamente en nosotros, hasta que llegue el día sin ocaso, que es el mismo Cristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Para leer o descargar la encíclica-> Papa Francisco_Encíclica Lumen Fidei

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Esta entrada fue publicada en julio 10, 2013 por en Doctrina, Historia y etiquetada con , , , , , , .

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